No existen
los espacios fortuitos en la existencia
del otro, claro está.
No se
obedece a la esencia divina sino a
la imaginería podrida que supone
transitar por este mundo de espejismos. Luego entonces, más de un par,
requieren que las relaciones lastimen, griten, engañen y se mofen sínicamente
de lo que ellos ofrecen; también deformado por el tiempo y las manías.