Te escribo hoy, querido amigo, no como suelo hacerlo, en una
especie de golpe bajo que suena a reproche. Sin embargo habré de puntualizar
que el inicio “querido amigo” no es más que una diplomacia pues sabes también
como yo que nunca hemos sido amigos.
Desearía tanto mirar entre mi correspondencia un documento
anónimo, tan anónimo que suene a ti, tan anónimo que me haga hervir la sangre
por suponer que aquel que escribe desea tanto como yo deseo, aunque jamás salga
de la sombra para así lograr no prostituir su sentimiento con los larguísimos “hubiera”.
Por mi parte esta noche quisiera llenarte de besos como si
nunca hubiéramos dejado de vernos, como si jamás nuestros caminos se hubieran
separado.
Berenice Pinzón